SALDOVANDO ABRIÓ LOS OJOS aunque no creía haberlos cerrado desde que apoyó la cabeza en la almohada. Sentía haber soñado despierto toda la noche la fabulosa secuencia que, desafiando las propias leyes del sueño, aún permanecía en su memoria sin alterarse, y, sobretodo, sin tratar de evadirse, en aquel amanecer aciago. Se incorporó con lentitud, rememorando de nuevo la narración onírica: una mujer de rostro desconocido ingresaba a su casa y se quedaba en el comedor aguardándolo, como si tuviera algo urgente que contarle, sólo que ya no poseía su forma física femenina sino que ahora era un elegante velador de pie.
Simple se miró en el espejo del botiquín con preocupación antes de encaminarse a preparar el desayuno. Camino a la cocina se detuvo. Un frío repentino le recorrió la espalda. Miró hacia el costado y vio el velador. Cuando entró por fin al comedor un nuevo componente modificaba la acostumbrada escena solitaria de cada mañana: una mujer de rostro conocido.
Sin embargo, esta vez la sorpresa fue menor.
_ Señora de Reyna. Debí suponerlo- dijo Simple mientras tomaba su cigarrillo que había dormido en el cenicero de la mesa por la noche.
_ Llámeme por mi nombre. Nora.
_ ¿Cómo entró?
_ Usted es muy confiado mientras duerme. Cualquiera puede colarse entre sus sueños.
La mujer extendió un llavero sobre el mantel.
_ No olvide que esta ciudad fue planeada para ejercer un estricto control sobre sus ciudadanos. Tenemos todas las llaves de todos los vecindarios en el Palacio Municipal. Pero su caso es diferente. Usted es un prisionero, y por eso estoy aquí en calidad de carcelera.
_ Ayer me dejaron la ración de “alimento espiritual”. Un libro horrendo sobre aeromodelismo. Estoy famélico de lecturas, señora Nora- Simple desapareció un momento y regresó con dos tazas de té de Ceilán. Se sentó frente a ella y mirándola fijo preguntó-. ¿A qué vino, exactamente?
_ Quiero ayudarlo, Saldovando. Quiero darle algunas pistas sobre el libro en cuestión. Pistas que hasta el propio Reyna desconoce. Pensé que a esta altura usted tendría el libro en sus manos, pero veo que la empresa es más difícil de lo que suponíamos.
_ Imposible, diría yo. Y por eso ahora su esposo se quedará en el poder indefinidamente.
_ En principio, usted sabe que él no gobierna hace tiempo, si es que alguna vez lo hizo. La Oposición se encarga de la farsa. En segundo término no es a él a quien le interesa hallar La Marabiblia, sino a mí. En tercer lugar no es mi esposo.
Nora hizo un silencio para tratar de que se acomodaran sus revelaciones. La última, no encontraba espacio.
_ Es mi padre- dijo, y bebió un sorbo de té, en cambio Simple se quedó con su jarro a mitad de camino.
_ Ya veo…- prosiguió, aunque sin poder agregar mucho más. De pronto Simple recordó su oficio de ladrón para convencerse de que ya no sería posible robarle nada al intendente, porque aquél objeto deseado como botín ya no tenía el valor de ser propiedad ajena. Ahora era como tomar sin permiso algo gratuito. Absolutamente inútil y por lo que no valía la pena un solo movimiento de manos. Sin embargo, algo nuevo en la mujer comenzó a atraparlo. En su mirada otrora distante una llaneza invitadora, en su voz nival de aquél primer encuentro una suave música, en su retórica impiadosa una súbita comprensión.
Sonrió para sí mientras daba una pitada.
_ Creo que la Marabiblia no es un libro convencional, Simple. Y que su excepcionalidad no está dada por ninguna característica extraordinaria, sino por lo contrario. Es un objeto tan cotidiano que pasaría inadvertido hasta para el más minucioso observador.
_ ¿De qué se trata?
_ De un álbum fotográfico familiar.
Simple terminó su té y caminó hasta la ventana que daba a la calle. Corrió ligeramente la cortina para mirar al cielo. Los densos nubarrones que se avecinaban lo convencieron de retornar a la charla.
_ Supongo que habrá allí algo más que un recuerdo de la infancia- aseveró volviendo hacia ella.
_ No quiero abrumarlo con mis problemas. Sólo quisiera saber si aparezco en algunas fotografías que considero fundamentales. Nunca he podido estar segura de mi pasado. Usted comprenderá, es como vivir permanentemente caminando sobre un piso movedizo. He vivido todos estos años ocultando mi apellido por no saberlo.
En este punto bajó la mirada. Pareció acurrucarse como quien se guarece de una agresión acostumbrada. Simple jamás pensó llegar a verla en esa situación. Él creía que algunas fortalezas eran de verdad inexpugnables. Luego le acercó un pañuelo a sus primeras lágrimas y ella lo abrazó con fuerza. Aquél calor dado por esta cercanía los devolvió a una realidad nueva en donde ambos eran protagonistas de un mundo aún en marcha. Se miraron un momento antes de que un beso los asentara como habitantes de una historia en donde no se necesitan nombres ni apellidos, porque allí sólo se balbucean gestos y miradas que por universales, prescinden de identidad. Las lenguas unidas de los amantes sin mañana.
_ Aléjese de mí, Simple- reaccionó de pronto-. Podría ser peligroso. Sólo quiero que encuentre el álbum.
“Ni todas las fotos del universo podrían retener este momento”, pensó el ladrón, y se separó lentamente de su cuerpo y volvió a su silla. Respiró profundo antes de continuar, diciendo con suficiencia:
_ Ahora quítese el disfraz, señorita. No quiero seguir hablando con una máscara de por medio.
Y entonces ocurrió algo inesperado… ¡Para ambos! Pues ninguno se vio venir lo que pasó en ese instante. Y fue que en verdad Nora se quitó una perfecta máscara que recubría no solamente su rostro sino su cuerpo entero, y que bajo aquél traje perfecto de frágil muchacha emergió la ominosa figura de… ¡Bernalba! ¡Nuevamente el infame dualista!
Saldovando, que había dicho aquello de las máscaras por creer que la chica no decía toda la verdad, no imaginó esa sorpresa terrible. Pero esta vez reaccionó del modo más correcto.
_ ¡Hijo de puta!- lo increpó y le escupió en la cara-. Me hartaste con tus contracaras- entonces lo tomó del cuello y lo llevó contra la pared, donde se lo veía pender medio metro del piso-. ¡Hablá! ¡¿Has logrado concentrar todo el poder de la ciudad en tu persona y aún necesitás arrastrarte para conseguir una instantánea?!
Bernalba, cuyo rostro se había tornado violáceo a causa de la semiasfixia a que lo sometía su amigo, alcanzó a hacer unas señas desesperadas para que lo bajara y lo dejara hablar. Simple lo soltó de golpe, por lo que dio de lleno contra el piso de granito. Cuando recuperó el aire y un porcentaje de dignidad, entre tos y tos explicó:
_ Vos no entendés, Simple. El Poder no es lo que parece. Uno debe estar siempre del lado de enfrente para ejercer el control. Pero no importa… No vine aquí para explicar mi método político. Solamente quería ponerte en el camino mas corto de aquí al libro. Y sabía que Nora nunca vendría a decírtelo.
_ ¿Por qué?
Bernalba no contestó como quien evita dar la respuesta a sabiendas de lo que ella podría desencadenar, y no porque pareciera ignorarla. Saldovando alzó su puño izquierdo, amenazándolo con proseguir la golpiza. Pero Bernalba logró zafarse al echar hacia atrás a Simple, luego de empujarlo con sus pies, gateó velozmente hasta su disfraz de la ocasión y se vistió con la rapidez del amante a punto de ser descubierto, aprovechando el tiempo que le llevó al ladrón reconstituirse.
Cuando ambos estuvieron de pie uno era Simple y la otra Nora.
_ Esta fotografía me convenció sobre la forma del libro, Simple- dijo ella extendiéndosela, aún presa de la agitación.
Simple abrió sus puños agarrotados por el nerviosismo y la impotencia, y tomó la foto mirando a la que, definitivamente, era de nuevo la hija de Reyna. En la foto, amarillenta y ajada,aparecían tres personas posando para un fotógrafo de fiesta. La particularidad residía en que ninguno de los rostros se apreciaba con nitidez. Era imposible identificarlos. Y sin embargo parecían tan únicos como cada uno puede serlo ante sí mismo. En el reverso se distinguían dos letras garrapateadas de improviso: “L”, “M”; y una fecha inverosímil: “30/91/21”.
_ El tiempo es también una máscara, Simple. Opera sobre la verdad cubriéndola de sospechas, como los oscuros pliegues que deshicieron las caras en esa foto.
Nora extendió temblorosamente su brazo hasta casi rozar con la mano una mejilla de Saldovando, pero éste la frenó en seco. Luego le abrió la puerta. Comenzaba a llover.
_ Por un momento, también yo dejé de lado mi antifaz, querido, y pude mostrarme tal cual soy. Todo lo que Nora hizo y dijo hoy aquí es cierto.
Saldovando registró con atención esa última frase dicha en tercera persona, como si hubiera intentado distanciarse de sí misma para ofrecerse como testigo. La miró pero esta vez trató de no creerle. Luego cerró la puerta. Y aunque él esperaba que ella se fuera con la lluvia, se oyó arrancar un motor dos casas más allá. Al volver al comedor miró el velador de pie por un momento y pensó qué número exacto de personas había estado con él aquella mañana.