CAPÍTULO 11/ EL GIGANTE

SIMPLE ABRIÓ LOS OJOS ESPERANDO POR FIN UN PAISAJE DIFERENTE. Sin embargo, entre la aún mezquina claridad del amanecer, adivinó su cuarto. Hasta su cigarrillo eterno descansaba en el cenicero sobre la mesita de luz. Un poco más allá el despertador, y junto a él un portarretratos vacío en el que sólo sonreía la pétrea palidez de la pared.
Se incorporó, disimulando un gesto de fastidio, como si temiera ser visto con tal humor luego de una agradable noche. Pero pronto recordó que su humor se debía justamente a la ausencia de esa observadora. Nancy no estaba a su lado. De algún modo, Simple había retornado a su casa sin darse cuenta. Como ocurría siempre que trataba de estar junto a ella. Se preguntó que pensaría Nancy, como reaccionaría ante esta tercera fuga de madrugada. Las dos veces anteriores no parecía haberse molestado, pero, con las mujeres nunca se sabe, se dijo. Quizás ella era parte también de aquél juego misterioso, tal vez sólo deseaba relacionarse para, como dijo algún poeta, reafirmar su necesidad de estar sola. Y tal vez también ella se encargaba de trasladarlo dormido desde su propia casa hasta la de Simple. Porque ese detalle resultaba fundamental: Saldovando jamás lograba entender como regresaba a su dormitorio, a su cama. Nunca lo recordaba. Se preguntó también si sería el único al que le ocurría esta fuga temporal, o si habría otros desdichados amantes amnésicos, o si era posible tratar de recordar certeramente una noche fantástica.
A esta altura se encontraba ya desayunando el ladrón de libros. Los sonidos de la calle llegaban en pelotón, de un modo desordenado, caótico. Apagó suavemente su receptor de radio y trató de individualizar alguno de todos esos ruidos multiformes, tratando de darle forma a alguno, de encapsularlo y otorgarle un sentido. Pero por más que insistiera en concentrarse nada llegaba a su oído con una claridad determinada. Nada alcanzaba a ser un bocinazo, ni un llanto, ni el trino de un pájaro; nada se convertía en una voz o un grito sino en una confusión compuesta por todo lo anterior, o quizás ni siquiera eso. Por eso cuando sonó el timbre de calle Simple tardó en reaccionar. Era peor que los sonidos confusos.
_ ¿Saldovando?- dijo una voz seca y firme.
_ Ajá- respondió y de pronto volvió Nancy a su memoria.
_ ¿Puedo pasar un momento?
_ Me encantaría, aunque…
_ No se preocupe, la ventana lateral será perfecta.
Aquí conviene explicar que el sujeto era enorme, gigantesco, exiliado de una aleccionadora fábula infantil, pero con la contundencia precisa como para volverlo sugestivamente real. Medía unos dos metros y medio, y su circunferencia recordaba a un robusto tronco viejo, compacto, macizo. Tenía los ojos negros, y también su mirada. Apenas movilizaba su estructura corporal para amedrentar los cimientos de la casa. No parecía sonreír desde, por lo menos, la caída de alguno de los Imperios Romanos, y en cada palabra se encargaba de incluir un dejo amenazador, como si pretendiera valerse, además, de argumentos verbales para tener razón.
Finalmente ingresó al living que daba a la calle, al menos no pasaría a ninguna otra habitación (sin derribar las paredes). Esto daba alguna ventaja a Saldovando si necesitaba escapar, llegado el caso.
_ Seré breve, señor- continuó el gigante-. Mi nombre es Bengoechea, jefe de la Seguridad Secreta del intendente Reyna, o sea que mi nombre no es tan verdadero.
_ No sabía que el intendente tuviera una seguridad secreta.
_ Él tampoco. Trabajamos indirectamente a través de uno de sus hombres. Un tal…
_ Bernalba- completó Simple.
_ Así es. Funcionamos del mismo modo que ángeles guardianes, sin que nadie crea exactamente que existimos.
_ Sin embargo, detrás de usted podría esconderse el mismísimo Dios- dijo Saldovando sonriendo, hasta que comprendió que las bromas ensombrecían el estado anímico del otro.
_ Continúo, señor. He venido a renegociar con usted en términos claros. La intendencia entiende que la búsqueda del afamado libro…- instó a Simple a que le diera el nombre-
_ …”La Marabiblia”.
_ …Ése mismo. La búsqueda del libro se está demorando demasiado, y la fecha de las elecciones se acerca peligrosamente. Necesitamos resultados rápidos, inmediatos. YA- culminó amenazante.
_ No es sencillo. Cada “marabiblia” que encuentro no parece ser la correcta. Tal vez existan miles de versiones de ese libro.
_ Pero nosotros necesitamos la versión oficial.
El gigante comenzaba a cansarse de la suficiencia de Saldovando, por lo que, arremetió hasta el final con su discurso:
_ Usted prometió a Reyna y su esposa la restitución del libro a cambio de algo que yo no sé que es ni me interesa saber, pero que supongo muy valioso para usted. Pues bien, ahora hemos venido a ofrecerle algo aún mucho más valioso que cualquier otra cosa que posea, algo con lo que cualquier persona se sentiría muy satisfecho. Su vida. Su vida, señor Saldovando, a cambio del libro perfecto. Si no desea perderla, consíganos el libro ya mismo. ¿Entiende?
Se miraron un minuto en silencio sin que ninguno de ambos bajara la vista. Transcurrido este lapso, Bengoechea, o como se llamara, enfiló hacia la salida.
_ Lo acompaño a la ventana…- lo invitó Simple, sospechando los bufidos volcánicos del urso ante el chascarrillo. Cuando hubo salido y recorrido la mitad del sendero que conectaba el jardín de la casa con la vereda, Saldovando le hizo un pedido:
_ Tendrá que conseguirme un permiso especial a los estantes de la Biblioteca Subterránea Municipal. No dejan entrar a casi nadie, y sospecho que el libro nunca ha salido de allí.
_ Mañana tendrá su carnet de socio aventajado. Adiós- dijo e ingresó en el acoplado de un camión del municipio.

Hacia la tarde del día posterior Simple decidió probar suerte en la Biblioteca Subterránea Municipal, un reducto sombrío y casi secreto para la mayoría de los ciudadanos de Tres Arroyos. Se prometió volver a utilizar uno de sus recursos favoritos para valerse del libro en caso de volverse difícil la tarea de robarlo: seducir a la bibliotecaria. Era fama que las empleadas más hermosas eran confinadas en el municipio para no opacar la belleza de la esposa del intendente, quien pretendía erigirse como el modelo femenino a seguir; y, a decir verdad, lo conseguía sin necesidad de aquellas artimañas. Así que, de encontrarse con un gesto negativo (todo bibliotecario es celoso de sus libros) y una mirada permisiva, se lanzaría a utilizar algunos ases gastados de caballerosidad cortés, y no dudaría en abalanzarse cual sutil felino de caería.
Ante la puerta de la biblioteca, que se encontraba al ras del piso por ser el acceso al primer subsuelo, revisó su carnet conseguido por el agente de seguridad. Era un trozo de papel cortado desprolijamente de un cuaderno de espirales, con una inscripción y una firma que recomendaba lo siguiente: “déjenlo pasar, les digo. Bengoechea”. El plural apuntaba a quitar a un lado a cualquiera que se interpusiera, fuese quien fuera, y otorgaba categoría especial al carnet, que en otros casos singularizaba en un sencillo: “déjelo entrar”.
Comenzó a descender por la escalera espiralada hasta que la oscuridad se volvió tan espesa como un manto de lana en verano. El sudor de sus manos casi le impedía aferrarse a los delgados hierros fríos que obraban como barandas. Estaba solo en medio de una noche encajonada. Sólo la fina luz colorada de su cigarrillo eterno lo unía al mundo, como si estuviera enganchado al universo desde uno de sus únicos puntos posibles. Pronto se terminaron las barandas, la escalera se estrechó y al cabo concluyó también. No podía predecir a cuantos metros de la superficie se hallaba. Sintió un miedo terrible, trató de tantear a sus lados pero no encontraba nada a que aferrarse. Ni muros ni objetos ni nada. Se arrodilló y se largó a llorar.
Entonces se encendieron las luces.

Saldovando tardó en reaccionar. Se levantó, se recompuso y secó su transpiración con un pañuelo a cuadros. Estaba en la biblioteca, de hecho, siempre lo había estado. Ahora que veía con claridad aparecía todo tal cual era: la puerta del sótano no se encontraba a más de veinte metros del piso donde se hallaba. La escalera era estrecha pero también corta, y no alcanzaba a unir más de dos entrepisos. Y las paredes tapizadas de libros de arriba abajo. Y cientos de estanterías colmadas que se perdían en la infinitud, y hacían suponer que aquél subsuelo era tal vez más grande en superficie que la propia ciudad. De vez en cuando caía un grueso volumen haciendo un ruido pesado y seco, que el eco se encargaba de amplificar. El maldito miedo a la oscuridad lo había burlado como a un niño. De pronto oyó una conversación tras de sí. Se oía solamente una voz femenina, y por la forma que aguardaba a su interlocutor Simple dedujo que era una discusión telefónica. Trató de guiarse por las palabras como si se tratase de un delgado hilo por sobre el cual caminar. En su parte más flaca, la charla se cortó abruptamente, entre maldiciones y sollozos. Así la encontró Simple, con su frente apoyada en el teléfono semipúblico que pendía de una columna de concreto y el tubo aún en su mano derecha, a punto de colgar.
_ Buenas tardes. O buenos días. O buenas noches. Soy Glenda, la bibliotecaria. Desde que se detuvo el reloj de la pared no sé en qué momento del día estamos. Sepa disculparme, estoy haciendo demasiadas horas extras…
La muchacha se enjugó unas lágrimas y suspiró como para aspirar el poco aire puro que quedara en el lugar. Simple agradeció en secreto no ser descubierto en pleno llanto, puesto que nadie más que ella y él ocupaban la escena y ella estaba peleando con alguien por teléfono cuando entró, lo cual dejaba bastante bien parado su orgullo.
_ Soy Simple Saldovando. Aquí tengo mi carnet de flamante socio- dijo mientras le extendía el papelucho con alguna desvergüenza.
_ Gracias. Lo archivaré- contestó Glenda leyéndolo, estrujándolo entre su puño cerrado con firmeza, y tirándolo al cesto de residuos-. ¿Qué va a retirar?
Simple pareció confundido, nada se encontraba en su cauce en aquel sitio. Creía haber caído en una zona irreal o confusa del mundo, un averno exquisito para ciertos paladares, un gusto que él nunca hubiera permitido darse. Y encima la bibliotecaria era feísima. Pero feísima. Aquí sí la presencia de un espejo habría multiplicado el espanto. Era una muchacha monstruosa, aberrante, cuyo rostro constituía un verdadero sistema de defensa, y donde sus anteojos se perdían en los pliegues de su piel escamosa y arrugada. Saldovando se dijo que quizás no sería necesario tratar de conquistarla para cumplir su cometido, y, quizás, prejuzgó que sería demasiado fácil. Finalmente contestó con otra pregunta:
_ ¿Me oyó entrar?
_ No. En realidad lo supe al activarse el sistema de seguridad. Cuando cualquier persona ingresa sin su clave de acceso se apagan las luces. No bien giró usted el picaporte supe que entraría, pues todo se envolvió aquí de una noche sepulcral, fría y fatal.
_ Y luego encendió usted las luces- dijo Simple tratando de seguir el razonamiento.
_ Oh, no. Las luces vuelven a activarse con la deseperación. Posee un sensor de sonido programado en la función “llanto”, lo que hace que se enciendan las lámparas al sonido desgarrador del que llora. Es una forma de intimidar a los cobardes. Yo creo que es una exageración. En todo caso, siempre es mejor llorar a moco tendido antes que errar eternamente en la oscuridad.
Saldovando se sintió pequeño como una de las ratas aplastadas por los libros enormes que caían cada tanto de los estantes, y comenzó a reconsiderar su estrategia con la chica, que ya no parecía tan sencilla. Bajó la vista y trató de continuar. Se aclaró la garganta, pero fue ella quien agregó:
_ De todos modos esta vez fui yo quien accionó el sistema. No pude evitar desprender unas lágrimas mientras hablaba por teléfono.
Simple no sabía si lo había dicho para no herirlo en su calidad de visitante o si en verdad no creía que había llorado de rodillas como un chico. Como fuera, ahora poseía una oportunidad para retomar su plan en caso de que se negara a darle el libro. Era evidente que quería referir su pena inaudita con alguien, y él, miserablemente, le prestaría oídos.
_ Vengo por “La Marabiblia”, o un libro que se llama así- completó rascándose la barbilla.
_ Todo el mundo viene por libros. Nadie parece capaz de poder pedir más de lo que apenas ve. Libros, malditos libros. No sé a cual se refiere. Tome cualquiera y váyase.
Glenda supo que había estado mal y trató de serenarse.
_ Escuche, señorita, se que puede estar usted un tanto molesta…
_ ¿Molesta? ¿Cómo puede estar alguien que ha perdido a la persona que amaba? Apuesto que cualquiera tendría mejor suerte que yo. ¿Qué opina señor Sandoval?
Simple ya no sabía que decir. Le ofreció su pañuelo a cuadros.
_ Saldovando. Mi apellido es Saldovando. ¿Hace mucho que se conocían?
_ ¡Oh, si! Desde esta mañana. Nunca había tenido una relación tan duradera con nadie. Parecía tan hermoso al principio… Pero creo que ahora todo terminó…
_ No tiene que ser tan terminante. Todas las parejas se pelean alguna vez, es más, le diré que también todas se llevan bien alguna vez.
_ Ojalá tenga usted razón. Él era tan bruto y ordinario, tan toscos sus movimientos y pesados sus pasos. Me enamoré a primera vista. Era mi otra mitad. O mi otra tres cuartas partes.
De pronto una imagen ocupó la cabeza de Saldovando, pero era tan grande que no logró entrar en su memoria inmediata. Confundido, siguió preguntando:
_ ¿Qué desencadenó la ruptura? ¿Por qué cree que él la dejará?
_ Esta mañana, un desconocido golpeó a la puerta de la biblioteca. Me pareció raro que no entrara directamente, por lo que, fui a abrir. Al hacerlo, comprendí por qué llamaba sin pasar. El hombre era enorme, gigantesco. Jamás hubiera podido pasar por la puerta. Le pregunté si se había equivocado, pero me dijo que no, que en verdad venía a pedirme ayuda. Sin embargo algo le ocurrió. Se quedó mudo, no lograba poder hablar. Estaba fascinado. Entonces, con su voz seca y torpe, entrecortada e insegura, me confesó que jamás había conocido a alguien como yo. Que le parecía un sueño vuelto realidad y esas cosas que dice cualquier enamorado o mentiroso. Después se arrodilló, asomó su cabeza por el hueco de la puerta en el piso y me besó. Fue un beso muy convincente, créame. A mi nadie me había besado así de fuerte. Nos juramos amor eterno, al menos hasta que durara. Y ya ve, duró lo que se tarda en leer la palabra “fin”.
La bibliotecaria corrió a los brazos de Saldovando a llorar su desventura. Éste, en cambio, terminaba de armar su rompecabezas. El gigante no podía ser otro que Bengoechea que había ido a buscar un carnet de socio aventajado para la búsqueda del libro. De allí que Glenda tirara con rabia a la basura el papel presentado por él. Posiblemente se había prendado de su “belleza” y le había jurado amor, o bien había tratado de jugar la misma carta que pensara Simple: la maléfica y miserable carta de la seducción. Pero en el caso de Bengoechea no hacía falta, pensaba Simple. Era evidente que su declaración era verdadera.
_ ¿Qué sucedió luego?- arengó Simple. Conteniendo sus sollozos, ella continuó:
_ Luego se fue y yo bajé aquí de nuevo. Entonces vi en el piso una pequeña carta plegada. Seguramente había caído de algún bolsillo de él al agacharse para besarme. Estaba amarillenta, se ve que escrita hace muchos años. La alcé y me la guardé- la chica tomó aire para seguir-. Antes de que usted llegara llamó para preguntarme si yo había encontrado algún papel extraño. Parecía nervioso, desencajado. Sería un papel importante y había notado su falta, así que le prometí que se lo devolvería. Pero eso lo puso más furioso e irascible. Me pidió que no lo leyera por nada del mundo. Le dije que no lo había hecho, que no lo había leído y no lo haría, ¡se lo juré!- volvió a llorar-. Me dijo que lo olvidara para siempre y cortó.
_ ¿Y usted realmente no leyó la carta?
_ Le juro que no, señor Sandoval. Yo no se leer.
Sus palabras fueron un golpe frío. Simple sintió una tremenda convulsión en su alma, y de pronto se amontonaron a su alrededor todos los monstruosos seres que la habían recluido allí dentro. Maldijo a Reyna y a su esposa, y a toda esa caterva de depravados manipuladores que la obligaban a una vida llena de inútiles horas extras.
_ Por eso no entendí el papel que usted me presentó al llegar. Pero mi enamorado gigantesco me había puesto al tanto de su visita.
_ ¿Podríamos leer esa carta, juntos? Tal vez nos ayude a entender su reacción.
Glenda se resistió al principio, pero luego aceptó que Simple tenía razón, y que quizás le brindara una clave de su conducta contradictoria.
Saldovando siguió con pasión las delicadas palabras que componían la carta. Era una confesión personal, de ésas que uno se escribe a sí mismo, llena de frases cursis pero no por ello falsas, y de una simpleza que la volvían intensamente bella. Según afirmaba allí, Bengoechea se pensaba tan grueso de cuerpo que no creía que nadie pudiera penetrar hasta su corazón, y que quería estar preparado para cuando ello ocurriere, de allí la idea de tener una confesión siempre a mano, un testamento que había comenzado a redactar hacía muchos años. Tantos, que ya no llevaba la cuenta. Era posible, entonces, que al sentirse hoy de veras enamorado hubiera querido rescatar la carta y encontrarse con que no la tenía. Al corroborar que quien la poseía era su reciente amada se sintió ultrajado, tocado su orgullo de hombre, y desistió de su amor. Hasta allí, todo muy normal.
_ Por favor, señor Sandoval ¿qué dice la carta?- rogó Glenda envuelta en lágrimas.
Y la carta decía algo más. Algo tremendo e increíble, algo inconcebible y maravilloso. Algo que no logró ser dicho porque de pronto se oyó un estruendo en la puerta de entrada y todo quedó completamente a oscuras.

El rumor desordenado de varias personas llegó a los golpes. Los nuevos visitantes habían caído por las escaleras y ahora se levantaban y aprestaban a atrapar a Glenda y Simple, lo que se intuía por el estrepitoso amartillar de los revólveres.
_ Tenemos anteojos de visión infrarroja, así que podemos verlos perfectamente. Es más, estamos apuntándoles.
_ ¿Qué libro buscan?- preguntó ingenuamente la bibliotecaria.
_ Sólo una página, señorita. O un papel. Sabemos que lo tiene. Sencillamente, dénoslo!
_ Entréguele ese bendito papel, señor Sandoval. Y que se vayan de aquí cuanto antes. No quiero saber nada de él ni sus matones de sindicato.
Simple hubiera querido expresarle que no era exactamente lo que ella pensaba, que el gigante era su verdadero amor, pero que no podía decírselo a cualquiera. En eso cayó un inmenso libro sobre la cabeza de uno de los dos matones, desmayándolo. Siguió una ráfaga de varios disparos y más libros desmoronándose, y luego otro silencio. Después volvió la luz.
Saldovando había aprovechado a desarmar al segundo hombre intuyendo su cercanía. Sin embargo ni él ni Glenda se encontraban llorando como para activar el sistema de luces de seguridad. Pronto hallaron la respuesta sobre sus cabezas. Sobre el techo, es decir, sobre el piso de la Municipalidad, se recortaba la cabezota del gigante en el hueco de la puerta. Sabiendo que no lograría entrar jamás debido a las dimensiones de su cuerpo había mandado a dos de sus muchachos para recuperar la carta. De igual modo, lloraba por otra cosa.
_ ¡No sé como disculparme Glenda! Soy un tonto y lo he arruinado todo…- mientras lloraba y sus lágrimas caían como cataratas por la escalerilla, Simple subió hasta él. Casi en un susurro le advirtió:
_ Escúcheme, Bengoechea, o como sea que se llame. Ella no ha leído la carta, ya comprenderá por qué. Pero yo sí lo he hecho y me parece estupenda, por muy sensiblera y vergonzante que suene. Es la mejor declaración de amor que un hombre pueda hacer.
Bengoechea se calmó de momento.
_ Pero usted ha debido leer el último párrafo, verdad? Nadie puede enterarse lo que ahí dice, pues es la pura verdad!
El último párrafo confesaba que esa inconmensurable mole humana, ese muro infranqueable de sangre y huesos, no era más que puro bluff, que podría desbarrancarse con un ligero soplido de viento. En efecto, Bengoechea, o como se llamara, padecía de una extraña enfermedad que lo volvía sumamente frágil, tanto, que el choque con una mosca en vuelo lo acribillaría como un cristal apedreado de una vidriera. Todo lo que aparentaba era un engaño. Eso lo había vuelto extremadamente sensible a todo, a pesar de que su trabajo lo obligaba a fingir una dureza y un gesto de estatua indestructible. Todo eso declaraba el angustioso párrafo final junto con la mirada lánguida del gigante.
En tanto, desde abajo, Glenda preguntaba qué sucedía.
_ Sucede que su novio quiere verla, Glenda. Porque debe darle algunas explicaciones y muchos besos- Simple le guiñó un ojo al hombretón y regresó a la biblioteca. Cuando la bibliotecaria desapareció junto con el gigante, el ladrón volvió a su tarea entre libros que llovían de sus estantes.